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Educar en la actualidad
La realidad actual es que los educadores –en al ámbito de la familia y en el de la escuela– se enfrentan a graves dificultades para llevar a cabo su misión, a causa de la terrible presión de un ambiente marcado por el relativismo –con su ausencia de valores trascendentales y criterios éticos–, la permisividad consiguiente y un consumismo feroz, que es el paradigma de la carrera enloquecida del hombre de hoy en busca de una felicidad huidiza que se ofrece seductoramente a cada instante pero jamás se deja alcanzar.
A menudo, padres y profesores se sienten inermes ante los cambios tan profundos y rápidos que sufre la sociedad, que parecen haber dejado vacías de sentido las coordenadas sobre las que se asentaban los ejes de una vida ética, y se dejan hundir en el desánimo porque consideran inútil su esfuerzo. Sin embargo es posible –y urgente– recuperar el espacio de dichas coordenadas mediante una formación humanística sólida e ilusionante. Sobre la base de esa rigurosa fundamentación se pueden afrontar con éxito los grandes temas que deben estar ineludiblemente presentes en un proyecto de desarrollo personal, como son el sentido de la vida, la relación con la trascendencia, la solidaridad entre todos los hombres, la vinculación con el entorno, el valor del amor y la familia, la prevención de adicciones, la auténtica libertad...
El cine puede ser un instrumento de primer orden para esta función educativa si es utilizado con un método pedagógico adecuado.
La realidad actual es que los educadores –en al ámbito de la familia y en el de la escuela– se enfrentan a graves dificultades para llevar a cabo su misión, a causa de la terrible presión de un ambiente marcado por el relativismo –con su ausencia de valores trascendentales y criterios éticos–, la permisividad consiguiente y un consumismo feroz, que es el paradigma de la carrera enloquecida del hombre de hoy en busca de una felicidad huidiza que se ofrece seductoramente a cada instante pero jamás se deja alcanzar.
A menudo, padres y profesores se sienten inermes ante los cambios tan profundos y rápidos que sufre la sociedad, que parecen haber dejado vacías de sentido las coordenadas sobre las que se asentaban los ejes de una vida ética, y se dejan hundir en el desánimo porque consideran inútil su esfuerzo. Sin embargo es posible –y urgente– recuperar el espacio de dichas coordenadas mediante una formación humanística sólida e ilusionante. Sobre la base de esa rigurosa fundamentación se pueden afrontar con éxito los grandes temas que deben estar ineludiblemente presentes en un proyecto de desarrollo personal, como son el sentido de la vida, la relación con la trascendencia, la solidaridad entre todos los hombres, la vinculación con el entorno, el valor del amor y la familia, la prevención de adicciones, la auténtica libertad...
El cine puede ser un instrumento de primer orden para esta función educativa si es utilizado con un método pedagógico adecuado.
El cine, instrumento educativo
Un guión cinematográfico presenta un argumento, el desarrollo de una acción. Pero la acción, en sí misma, no existe, sino que hay unos hombres que actúan, protagonizan unos hechos. Ahora bien, el comportamiento del ser humano, aunque a veces parezca inexplicable, no es accidental, sino que está regido por una lógica interna, tan implacable que la única forma de imponerse a ella es el cambio radical de actitud. Si una persona vive replegada sobre sí misma, dedicada a buscar las satisfacciones inmediatas, por muy enamorada que esté, jamás llegará a crear un amor auténtico y se condena a vivir en soledad interior, salvo si cambia de raíz su egoísmo por una actitud de generosidad y se esfuerza por elevarse al nivel del encuentro personal.
Bajo la sucesión de hechos que constituyen el argumento de una película, una mirada penetrante descubre una experiencia de vida con su lógica interna, es decir, el tema. Debemos enseñar a los niños a descubrir la fuerza interior que rige el desarrollo de la acción, para que aprendan a conocer las consecuencias inexorables de adoptar ciertas actitudes. De lo contrario, si no les ayudamos a profundizar en el contenido humano del relato, la película queda reducida, en el mejor de los casos, a mero pasatiempo. No es raro que una película, en apariencia trivial, exenta de escenas fuertes, pueda ocultar mucha capacidad de manipulación o influencia nociva bajo la serena capa de su inofensivo argumento. Uno de los grandes éxitos de los últimos tiempos, El Señor de los Anillos, en su tercera entrega, El Retorno del Rey, termina con el triunfo del Bien sobre el Mal, y nos presenta un mundo idílico, en el que reina la paz y la justicia y los buenos alcanzan la felicidad eterna. Pero, como un trasunto de lo que se nos ofrece hoy, es un mundo sin Dios. En lugar de mirar al Dios providente que lo ha creado por amor, el hombre se contempla a sí mismo de forma ególatra y se ofrece una pseudorreligión de diseño para satisfacer sus ansias de eternidad y acallar el deseo natural de trascendencia que la persona lleva en el fondo del corazón.
Es erróneo suponer que el espectador recibe pasivamente la película, por el hecho de que no capta explícitamente los rasgos como el que acabamos de comentar, porque el mensaje le llega aunque él no se percate de ello. No tenemos más que prestar atención a nuestras propias reacciones ante la pantalla: nos alegramos, reímos, sentimos temor, angustia, pena hasta llorar... El espectador entra en intensa relación con los conflictos de la pantalla porque, de alguna manera, se identifica con ellos, se adentra en la historia y forma parte personalmente de ella, en lo más recóndito de sus propios gustos, anhelos, deseos y temores. En este sentido, el buen cine nos permite realizar una experiencia humana profunda que en la vida real tal vez nos costaría años.
Enseñar a un niño a interpretar la historia que se desarrolla en la película es enseñarle a interpretar la vida, a conocer hondamente al ser humano y, con ello, le hacemos capaz de prever las consecuencias de sus propias actitudes y decisiones.
Un guión cinematográfico presenta un argumento, el desarrollo de una acción. Pero la acción, en sí misma, no existe, sino que hay unos hombres que actúan, protagonizan unos hechos. Ahora bien, el comportamiento del ser humano, aunque a veces parezca inexplicable, no es accidental, sino que está regido por una lógica interna, tan implacable que la única forma de imponerse a ella es el cambio radical de actitud. Si una persona vive replegada sobre sí misma, dedicada a buscar las satisfacciones inmediatas, por muy enamorada que esté, jamás llegará a crear un amor auténtico y se condena a vivir en soledad interior, salvo si cambia de raíz su egoísmo por una actitud de generosidad y se esfuerza por elevarse al nivel del encuentro personal.
Bajo la sucesión de hechos que constituyen el argumento de una película, una mirada penetrante descubre una experiencia de vida con su lógica interna, es decir, el tema. Debemos enseñar a los niños a descubrir la fuerza interior que rige el desarrollo de la acción, para que aprendan a conocer las consecuencias inexorables de adoptar ciertas actitudes. De lo contrario, si no les ayudamos a profundizar en el contenido humano del relato, la película queda reducida, en el mejor de los casos, a mero pasatiempo. No es raro que una película, en apariencia trivial, exenta de escenas fuertes, pueda ocultar mucha capacidad de manipulación o influencia nociva bajo la serena capa de su inofensivo argumento. Uno de los grandes éxitos de los últimos tiempos, El Señor de los Anillos, en su tercera entrega, El Retorno del Rey, termina con el triunfo del Bien sobre el Mal, y nos presenta un mundo idílico, en el que reina la paz y la justicia y los buenos alcanzan la felicidad eterna. Pero, como un trasunto de lo que se nos ofrece hoy, es un mundo sin Dios. En lugar de mirar al Dios providente que lo ha creado por amor, el hombre se contempla a sí mismo de forma ególatra y se ofrece una pseudorreligión de diseño para satisfacer sus ansias de eternidad y acallar el deseo natural de trascendencia que la persona lleva en el fondo del corazón.
Es erróneo suponer que el espectador recibe pasivamente la película, por el hecho de que no capta explícitamente los rasgos como el que acabamos de comentar, porque el mensaje le llega aunque él no se percate de ello. No tenemos más que prestar atención a nuestras propias reacciones ante la pantalla: nos alegramos, reímos, sentimos temor, angustia, pena hasta llorar... El espectador entra en intensa relación con los conflictos de la pantalla porque, de alguna manera, se identifica con ellos, se adentra en la historia y forma parte personalmente de ella, en lo más recóndito de sus propios gustos, anhelos, deseos y temores. En este sentido, el buen cine nos permite realizar una experiencia humana profunda que en la vida real tal vez nos costaría años.
Enseñar a un niño a interpretar la historia que se desarrolla en la película es enseñarle a interpretar la vida, a conocer hondamente al ser humano y, con ello, le hacemos capaz de prever las consecuencias de sus propias actitudes y decisiones.
En el ámbito de la escuela
En un Centro de Enseñanza Media, el profesor tutor es el responsable directo del seguimiento y la formación integral –relación con los padres y el resto de los profesores, resultados académicos, actitudes y valores, proyecto de vida...– del grupo de alumnos a él encomendado. Pero cada día resulta más difícil y descorazonadora la labor tutorial por cuanto los adolescentes viven envueltos en un ambiente social marcado por el hedonismo y el consumismo, la mediocridad o la zafiedad en la mayor parte de los medios de comunicación social, y ciertas leyes de educación que han desterrado, en la práctica, el valor del esfuerzo y la disciplina... A lo que hay que añadir, a menudo, padres excesivamente permisivos, que llegan, a veces, a entorpecer la labor formativa del colegio. Desde la infancia, han acostumbrado a los niños ver satisfechos sus más pequeños deseos antes de formularlos. En consecuencia, los niños han adquirido el hábito de atender de inmediato a las llamadas de sus pulsiones y sus caprichos, sin referirlos a valores superiores (beben o “se colocan” sin tener en cuenta las terribles consecuencias, exigen mil cosas sin considerar el esfuerzo de sus padres por conseguirlas...). Nada les interesa realmente porque lo tienen todo. Muchos niños disponen, en su propia habitación, de todos los “lujos” para su exclusivo uso privado: ordenador personal, cadena de música, televisión... Así no dependen de nadie ni han de compartir con los otros miembros de la familia. Les han dado un mundo tan fácil, tan cómodo y placentero que sólo aspiran a “tener” cuanto más mejor y disfrutar “a tope”. Es decir, les han acostumbrado a moverse exclusivamente en el nivel de lo fácil, lo inmediato y agradable. En estas circunstancias, mantener el nivel docente y disciplinar en la escuela y formar éticamente a los niños se presenta como una labor casi imposible.
Muchos profesores están desanimados ante esta situación, porque se sienten agotados, desautorizados, infravalorados y hasta maltratados. Pero no podemos dejarnos llevar del desaliento porque la misión del educador es de una grandeza inigualable. Colaborar en la formación integral de los jóvenes es una labor de la más alta dignidad.
El joven de hoy es extremadamente celoso de su libertad y no consiente que los adultos pretendan influir sobre sus ideas y actitudes. Defiende vivamente su opinión, cualquiera que sea –a menudo, incluso, sin haberla reflexionado a fondo–, como algo propio muy razonable y valioso que el adulto pretende arrebatarle debido a prejuicios éticos que él considera obsoletos y afortunadamente superados. De ahí el grave error que supone discutirle frontalmente sus ideas, opiniones o actitudes. Entonces, se pone a la defensiva, dispuesto a mantener su postura, no tanto porque tenga razones que la justifiquen cuanto porque es “suya”, y se siente agredido él mismo al pensar que se está atacando su propia libertad.
El cine es un recurso excelente para ayudar al tutor a ejercer su noble función de “guía”, porque, a través del análisis de experiencias contenidas en obras cinematográficas, el joven consigue una visión lúcida de los aspectos esenciales de su vida: descubre las temibles consecuencias de adoptar ciertas actitudes, en qué consiste la verdadera libertad, cómo llenar su vida de sentido... No es el educador quien le da una lección de vida, sino que es el mismo joven quien la descubre.
En un Centro de Enseñanza Media, el profesor tutor es el responsable directo del seguimiento y la formación integral –relación con los padres y el resto de los profesores, resultados académicos, actitudes y valores, proyecto de vida...– del grupo de alumnos a él encomendado. Pero cada día resulta más difícil y descorazonadora la labor tutorial por cuanto los adolescentes viven envueltos en un ambiente social marcado por el hedonismo y el consumismo, la mediocridad o la zafiedad en la mayor parte de los medios de comunicación social, y ciertas leyes de educación que han desterrado, en la práctica, el valor del esfuerzo y la disciplina... A lo que hay que añadir, a menudo, padres excesivamente permisivos, que llegan, a veces, a entorpecer la labor formativa del colegio. Desde la infancia, han acostumbrado a los niños ver satisfechos sus más pequeños deseos antes de formularlos. En consecuencia, los niños han adquirido el hábito de atender de inmediato a las llamadas de sus pulsiones y sus caprichos, sin referirlos a valores superiores (beben o “se colocan” sin tener en cuenta las terribles consecuencias, exigen mil cosas sin considerar el esfuerzo de sus padres por conseguirlas...). Nada les interesa realmente porque lo tienen todo. Muchos niños disponen, en su propia habitación, de todos los “lujos” para su exclusivo uso privado: ordenador personal, cadena de música, televisión... Así no dependen de nadie ni han de compartir con los otros miembros de la familia. Les han dado un mundo tan fácil, tan cómodo y placentero que sólo aspiran a “tener” cuanto más mejor y disfrutar “a tope”. Es decir, les han acostumbrado a moverse exclusivamente en el nivel de lo fácil, lo inmediato y agradable. En estas circunstancias, mantener el nivel docente y disciplinar en la escuela y formar éticamente a los niños se presenta como una labor casi imposible.
Muchos profesores están desanimados ante esta situación, porque se sienten agotados, desautorizados, infravalorados y hasta maltratados. Pero no podemos dejarnos llevar del desaliento porque la misión del educador es de una grandeza inigualable. Colaborar en la formación integral de los jóvenes es una labor de la más alta dignidad.
El joven de hoy es extremadamente celoso de su libertad y no consiente que los adultos pretendan influir sobre sus ideas y actitudes. Defiende vivamente su opinión, cualquiera que sea –a menudo, incluso, sin haberla reflexionado a fondo–, como algo propio muy razonable y valioso que el adulto pretende arrebatarle debido a prejuicios éticos que él considera obsoletos y afortunadamente superados. De ahí el grave error que supone discutirle frontalmente sus ideas, opiniones o actitudes. Entonces, se pone a la defensiva, dispuesto a mantener su postura, no tanto porque tenga razones que la justifiquen cuanto porque es “suya”, y se siente agredido él mismo al pensar que se está atacando su propia libertad.
El cine es un recurso excelente para ayudar al tutor a ejercer su noble función de “guía”, porque, a través del análisis de experiencias contenidas en obras cinematográficas, el joven consigue una visión lúcida de los aspectos esenciales de su vida: descubre las temibles consecuencias de adoptar ciertas actitudes, en qué consiste la verdadera libertad, cómo llenar su vida de sentido... No es el educador quien le da una lección de vida, sino que es el mismo joven quien la descubre.
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